IDOIA UGARTE
Europa está más dividida que nunca. La crisis económica no para de dar quebraderos de cabeza. Sus líderes no ganan para aspirinas, Bayer, por supuesto, sobre todo la capitana Merkel, que no consigue capear el temporal y evitar el más que posible naufragio de Grecia. Los ciudadanos alemanes no entienden por qué tienen que ser ellos quienes paguen los errores de los que no saben gestionar correctamente su país. Hartos de ser quienes tiran del carro, maldicen al euro y la nostalgia por la vuelta a su marco no para de hacerse eco en numerosos rincones. Aunque, siendo sinceros, el cabreo es más que entendible, la solidaridad entre nosotros es lo que nos hace grandes. Aunque en estos momentos brille por su ausencia. Y eso que probablemente no hayan visto el último anuncio de una conocida marca de cerveza, esa que dice a modo de eslogan “Todos necesitamos un poco de sur”. Es verdad, pero pagando tus facturas, dicen los teutones.
Por si esto fuera poco, el Tratado de Schengen vuelve a cuestionarse. Lo de papeles para todos no va con Dinamarca, que sin consultar absolutamente con nadie, decide que va a cerrar las fronteras para evitar las oleadas de inmigrantes causantes del aumento de la delincuencia. Se debe tener cuidado al establecer este tipo de comparaciones. Además esa independencia danesa es peligrosa y puede hacer tambalear los pilares sobre los que se construyó este gran proyecto europeo en el que muchos han perdido la fe. Hay que estar en lo bueno y en lo malo. Ésa es nuestra esencia, o al menos debería serlo.
Aunque suene utópico, el sentirse europeo, es decir, el tener una identidad común con las mismas raíces, en una lucha permanente por la libertad, es algo valioso y difícil de conseguir. Otros continentes ni lo han soñado, por ser imposible alcanzarlo. Jugamos con esta ventaja y hay que saber aprovecharla. Pero la reforma del Tratado de Schengen pone en evidencia que algo está fallando, que estamos catalogando a algunos ciudadanos europeos como de primera o segunda división, dependiendo de su lugar de procedencia. Los rumanos y los búlgaros, por ejemplo, parece que no son bien recibidos. Sarkozy o Berlusconi no están por la labor. Les expulsan sin contemplaciones con un gran respaldo popular y sin que nadie mueva un dedo por ellos. Ojo que esto no es un debate fácil. La solución en los próximos meses.
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