sábado, 2 de abril de 2011

La hipocresía de Occidente

Idoia Ugarte


Occidente asiste perplejo y contiene la respiración. El mundo árabe se levanta ante la represión dictatorial que lleva tantas décadas en el poder, clamando libertad. No será una tarea fácil. La salida de Hosni Mubarak y Ben Ali no implica que el resto de países triunfe en la batalla. El coronel Muamar Gadafi lleva 42 años al frente de Libia y no está dispuesto a ceder su trono. Sofocando la insurrección de los rebeldes, ha provocado la reacción internacional. La población civil huye a las fronteras con temor, buscando seguridad. Pero las condiciones son precarias y se precisa ayuda humanitaria. Por ello, la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas da luz verde a la intervención en Libia, recibida con fuegos artificiales en Bengazhi.

La ola de democracia que sacude a Oriente Próximo y el Magreb es imparable. Todos la apoyamos ahora, algo contradictorio si echamos un ojo al pasado. Basta ver las Navidades pagadas al primer ministro francés, François Fillon, por las autoridades egipcias o como Gadafi ha sido siempre fiel socio de un gran número de países que no han tenido ningún remordimiento en hacer negocios y recibirle con los brazos abiertos en sus visitas oficiales. También España. Era un opresor antes y lo es ahora. Hemos elegido Libia y obviamos las duras represiones que se están llevando a cabo por las fuerzas de seguridad en Siria, Yemen o Irán. La gente que protesta desaparece o es aniquilada. La Muhabarat, el servicio secreto sirio, uno de los más fieros y torturadores del mundo, campa a sus anchas controlando hasta el último resquicio de la vida de los ciudadanos. Pero Occidente hace la vista gorda ante estos dictadores, también en el poder desde hace más de 30 años.

No conocemos el final de esta crisis, y es imposible hacer predicciones de futuro. La OTAN asume el mando, pero cabe pensar que este conflicto podría haber tenido otras soluciones más diplomáticas. Si se hubiese intentado la negociación directa, aprovechando las buenas relaciones que el mundo tenía con Gadafi, puede que este tirano aceptase huir del país. Sabe que la coalición aliada dispone de muchos más medios y que su final es, en cierto modo, inevitable. La presencia extranjera, aunque a la larga aporte beneficio, no suele ser la mejor opción. Díganselo a los madrileños el 2 de mayo de 1808. Aún así esperemos que la transición política en el mundo árabe llegue poco a poco a su destino. Vigilaremos y juzgaremos a quienes cometan atrocidades y crímenes contra la humanidad. Utilizaremos ese doble baremo para decidir quién merece nuestra ayuda. Mientras hacemos oídos sordos a otras violaciones de derechos humanos que no despiertan la conciencia, o el bolsillo, de los gobiernos.