IDOIA UGARTE
Siempre creí que el objetivo de los pueblos era entenderse y conseguir eliminar las barreras que pudieran existir entre nosotros, sobre todo las de la comunicación. Pero España, como siempre, es la excepción que rompe la regla. No nos importa que nuestro vecino no tenga ni pajolera idea de lo que estamos diciendo. Parece ser que no nos interesa tanto el fondo, sino las formas. Con eso demostramos nuestro poco interés en evolucionar y aprender de los discursos del otro.
Todo esto viene porque la Administración balear se niega a ofrecer la información oficial de sus páginas web en castellano, vulnerando de esta manera la ley y obviando las llamadas del Defensor del Pueblo, que exige su traducción. También me parece surrealista que utilicemos 12.000 euros por sesión en pinganillos y traductores en el Senado cuando todos hablamos el mismo idioma. Es un gasto absurdo y más en tiempos de crisis, pero por esto mismo encabezamos las listas negras de la Unión Europea, por despilfarrar a diestro y siniestro en cosas innecesarias.
Ha pasado demasiado tiempo para seguir con estas reivindicaciones. En siglos pasados sí que había motivos para luchar porque cada uno tuviese la libertad de expresarse en vasco, catalán o gallego, cuando existía represión. Pero ahora mismo no tiene ningún sentido, porque ya hemos alcanzado estos derechos. Lo que no se puede hacer es dar la vuelta a la tortilla de tal manera que el castellano se margine, se ridiculice y se prohíba. Lo que no se puede tolerar es que te multen por no rotular en catalán o que no te corrijan en algunos centros el examen del niño por estar escrito en castellano. O que acudas a una exposición en Barcelona y no quieran subtitulártela. Que sepan que no existe mayor traición para los ideales que convertirse en el mismo opresor contra el que se luchó. No puedes matar al asesino, porque te conviertes en otro. No puedes imponer tu idioma, porque estás haciendo lo mismo que te hicieron a ti. No puedes exigir tolerancia y respeto cuando no predicas con el ejemplo. Pero, en fin, esperemos que no se cumplan aquellas palabras de Antonio Machado: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.
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